Yo te soñé
Yo te soñé. Soñé los almuerzos los domingos en tu casa. Te soñé abuela. Te voy a hacer. Siempre dijiste que me casaría con una negra, quien sabe en esa también aciertes. Me hacés tanta falta. Pero no la que soñé, la real. Pero la de antes de la internación. Yo te pido que me perdones pero yo quería a la de antes de la internación de vuelta. Metieron una mamá y me devolvieron otra. No conseguí aceptarlo, lo sé, fue una locura creer que te podía sacar del estado en que estabas. Pero lo intenté. No tenía cómo no hacerlo. Eras mi mamá. No había nadie que amase más en el mundo. Yo te creí sobre el poder del psicoanálisis. Hoy sé hasta dónde da. Hoy tenés un hijo espiritualizado, conseguí conectarme.
Me hice la película con las películas que veíamos juntos, con las historias que me contabas de tu Nonna, porque entre tus nietos la Nonna sos vos. Prometo llamarte igual. No soportaba verte en la cama, con la persiana baja, el televisor prendido, fumando y así te pasaste los siguientes diecisiete años. Y yo no lo pude entender. Necesité escribirlo para entender que vos también te creiste la película, que vos también quisiste la vida de película, la imagen de película y andabas empilchada de lunes a lunes y vivías ahorcada con la tarjeta. Sí, mi viejo no pasaba la cuota alimentaria pero el control sobre los gastos nunca fue lo tuyo, tampoco lo mío.
Pero qué ibas a hacer que no sea creer en vidas de películas después que perdiste a tu vieja con doce años. Te escribo y lloro con casi cuarenta y cinco, qué hubiera sido de mi vida si te perdía a los doce años. Mi viejo decía que a los doce años yo ya sería grande y podría quedarme a dormir en la casa de él, quisieras o no quisieras. Gallego hijo de los que empezaban a trabajar de chicos. Me lo dejaste escrito, me dijiste que la experiencia es un peine que te regalan cuando te quedaste pelado. Y después de escribir entendí o creí entender por lo que habías pasado. Yo sé que me dijiste que no tenías nada que perdonarme, que yo hice todo con amor, pero te lastimé. Yo sé que te lastimé. Yo creía locamente que alguna palabra te podía sacar del estado en el que estabas. Lo entendí el día que te dije que no mates a mi mamá. Era yo que quería recuperar una mamá que ya no estaba y que con más de treinta años la seguía esperando. La mamma, diría Piru.
Y hoy vivo donde tanto soñaste. El sueño no era vivir acá, vinimos soñando con Río pero lo inimaginable me trajo acá. Bueno, algunos previeron la pandemia. Y hoy vivo a quinientos metros de la casa de Jorge Amado, tus libros de él se los di a una amiga negra que vendía libros en la calle. Como te gustaban los libros usados porque traían alguna historia, en la primera página escribí que ese libro había sido de Silvia, una argentina que iba en el subte al trabajo leyendo las novelas de Jorge Amado y que el día que el hijo fue a Salvador, le pidió que le trajera una blusa blanca como las de las bahianas que fue la que eligió para llevar al cajón.
Yo te prometo que voy a ser feliz. Para mí no es fácil. Vos lo elegiste. Y tu lengua tampoco ayudó. Sabé que me ablandé. No perdí la ternura. Lo me cuesta es recibirla, me asusta. Te escucho reír. Reiríamos juntos.
Quien sabe ahora consiga terminar la novela y como dijo nuestro odiado Borges, para escribir sobre algunas cosas hace falta tiempo y necesité más de once años para escribirte a vos.
Feliz día, mulherão.

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